«No queremos ser incluidos, queremos ser investigadores»: la comunidad científica con discapacidad pone cifras a las barreras de la academia

CEDID

2026-11-05

Durante décadas, la discapacidad ha sido sobre todo algo que la ciencia estudiaba. Hoy, quienes investigan y enseñan desde ella ponen los datos sobre la mesa: trabajan en una academia que no les cuenta, que les reserva una fracción mínima de las grandes convocatorias y que confunde dejarles estar con dejarles avanzar. Es el diagnóstico del I Congreso Internacional de Docencia e Investigación desde la Discapacidad (CIDID 2026), celebrado los días 5 y 6 de octubre en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Organizado desde el Departamento de Ciencias de la Comunicación Aplicada de esta facultad y codirigido por Khadija Ftah y Jorge Rodríguez-Moreno, CIDID se define como un congreso “desde la discapacidad, y no sobre ella”: su comité organizador está formado íntegramente por investigadoras y docentes con discapacidad, al igual que la mayor parte de su comité científico internacional.

Inauguraron CIDID 2026 Agustina Borrás López, presidenta de ASPACE Madrid; Jesús Martín Blanco, director general de Derechos de las Personas con Discapacidad; Luis Deltell, director del Departamento de Ciencias de la Comunicación Aplicada; Izaskun Martín Cabrejas y Cristina Orío, de la Delegación del Rector para la Diversidad e Inclusión, y Ángel Luis Rubio, decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, que recordó la responsabilidad de las facultades de comunicación: “Sabemos de la importancia de la comunicación a la hora de crear barreras y a la hora también de destruirlas”. Por su parte, Martín Cabrejas, como máxima responsable de Diversidad e Inclusión de la UCM se preguntó: “¿Cómo no se había hecho esto antes? Es increíble pensar que ha tenido que pasar tanto tiempo para que contemos con un espacio de esta magnitud pensado, construido y protagonizado por y para las personas investigadoras y docentes con discapacidad”.

Invisibles en las estadísticas

El dato más contundente lo aportó ACADIS (Académicas con Discapacidad), proyecto financiado por el Instituto de las Mujeres y dirigido por la Dra. Carmen Márquez Vázquez (Universidad Autónoma de Madrid) junto a la Dra. Laura Sanmiquel Molinero (Institución Milá y Fontanals, IMF-CSIC) y la Dra. Laura Moya (Universidad de Zaragoza). Las instituciones, explicó Márquez, “no tienen ni idea” de cuántas mujeres con discapacidad emplean: no lo registran o lo hacen de forma incompleta. Los testimonios recogidos por el equipo describen carreras sostenidas por apoyos pagados de su bolsillo, y varias participantes no han podido ser entrevistadas por estar de baja a causa de situaciones generadas en la propia academia. “La inclusión tiene que ver con estar, pero también con progresar”, subrayó Márquez. Sanmiquel añadió que cuestionar el capacitismo académico beneficia a todos: sirve “para que todo el mundo pueda vivir aquí sin estar ahogándose”.

Este vacío de datos que señalan desde ACADIS se extiende a todo el colectivo de personas investigadoras con discapacidad. Según la última encuesta sobre la atención al PDI con discapacidad en las universidades españolas, de la Sectorial de Profesorado de la CRUE (2023), una de cada cuatro universidades consultadas no dispone de un registro de su personal docente e investigador con discapacidad, y la mayoría de las que sí lo tienen (el 79 %) no recoge el tipo de discapacidad. Donde hay datos, este colectivo apenas representa el 1,09 % de la plantilla, y el 68 % de las universidades no cuenta con una normativa específica de reserva de plazas para su acceso a la carrera académica.

Cuotas mínimas, todas cubiertas

El Dr. José Antonio Rueda Monroy, profesor de Derecho del Trabajo en la Universidad de Málaga, aportó las cifras de acceso: en 2025, Juan de la Cierva reservó el 1,8 % de sus plazas a personas con discapacidad y Ramón y Cajal, el 2 %. “Todas esas plazas se han cubierto. No podemos decir que no se presenten personas con discapacidad”. Compartió, además, el caso de un estudiante de Filosofía con un 98 % de discapacidad que, a falta de presupuesto para un apoyo humano, debe volver a su casa cada vez que necesita ir al baño. “Esto pasa todavía en 2026 en nuestras universidades”, lamentó. Por eso defendió que la meta no es aprender a resistir, sino transformar la institución: “Cambiar la academia para que las personas con discapacidad no tengamos que sobrevivir a ella, sino que podamos vivir en igualdad de condiciones en ella”. 

“Mi cuerpo era un instrumento de enseñanza”

La conferencia magistral, “Epistemologías situadas: investigar desde la discapacidad”, la impartió la socióloga Dra. Sophie Savage (University of the West of England, Bristol). Nacida con una enfermedad hepática y trasplantada de hígado, cuenta que de niña fue objeto de estudio para estudiantes de Medicina y participante en ensayos clínicos: “Mi cuerpo era un instrumento de enseñanza. Esos relatos los escribían personas que no vivían en cuerpos como los nuestros” (Nota: Las declaraciones de Sophie Savage han sido traducidas del inglés). Esta experiencia marca hoy su forma de investigar. Trabaja con metodologías de coproducción, en las que las personas con discapacidad participan en todas las fases del estudio, desde la idea inicial hasta la difusión de los resultados. Lo ilustró con un proyecto sobre robótica y derechos de las personas con discapacidad: fueron los propios participantes quienes detectaron que un robot de compañía, comercializado precisamente para este público, no reconocía la voz de uno de ellos, que se comunicaba a través de su teléfono móvil. “El codiseño es esencial; sin él, no tiene sentido. Sin nuestra experiencia, se corre el riesgo de malgastar dinero, esfuerzo y tiempo”. Savage elogió además el modelo de CIDID, que definió como “el estándar de oro” de cómo deberían ser todos los congresos: “Todos deberían estar dirigidos por personas con discapacidad”.

Que este congreso exista “es un indicador en sí mismo de que algo anda mal en la academia” 

En la primera mesa redonda, “Identidad, transformación y activismo social y académico desde la discapacidad”, moderada por la Dra. Clara Sánchez-Rebato Valiente, primera española con parálisis cerebral doctorada cum laude en Comunicación y Publicidad, las personas ponentes cuestionaron el lugar que la academia reserva a quienes investigan desde la discapacidad. La Dra. Melania Moscoso (Instituto de Filosofía, CSIC) rechazó la inclusión simbólica: “No queremos ser normales, no queremos ser incluidos, queremos ser investigadores. Yo ya soy investigadora, ya estoy dentro”. Juan Pablo Salazar, director de Inclusión de CAF (Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe), lo resumió así: el hecho de que este congreso exista “es un indicador en sí mismo de que algo anda mal en la academia”. Desde Argentina, Carlos García (Universidad de Buenos Aires) lamentó que se les siga viendo “como el testimonio, para que después otros construyan la teoría”, y el Dr. Javier Monferrer (Universitat de València) apuntó a los medios: que la propia moderadora sea la primera doctora con parálisis cerebral “no es una noticia que, por desgracia, haya aparecido mucho en medios”, mientras que las informaciones negativas sobre discapacidad sí encuentran eco. También lo llevó a lo cotidiano: si un tren solo tiene dos plazas para sillas de ruedas, cuatro ponentes de esa mesa no pueden llegar juntos a un congreso. Por eso reclamó que las leyes se elaboren contando con el colectivo, “porque nadie conoce más nuestras necesidades que nosotros mismos”.

Una inteligencia artificial que hereda la inaccesibilidad

En la mesa redonda de cierre sobre IA, realidad virtual y metaverso, moderada por el Dr. Emiliano Díez Villoria, director del INICO (Instituto de Integración en la Comunidad de la Universidad de Salamanca), David Sabaté, CEO de Tothom, fue tajante: “Por defecto, la IA te va a producir una página no accesible”, porque aprende de una web mayoritariamente inaccesible. A su juicio, la generación automática de páginas ha devuelto la accesibilidad web a niveles de hace una década, y la realidad virtual y el metaverso ni siquiera tienen aún pautas de accesibilidad. Díez en esta conversación recordó una tesis de su instituto: años después de que la normativa pidiera incluir el diseño para todas las personas en los grados, solo un 25 % de los estudios de ingeniería ofrecía algo parecido, y algunas escuelas preguntaron: “¿De qué me hablas?”.

Del concepto a la propia voz

Junto a las ponencias y mesas redondas, el congreso ofreció cuatro talleres prácticos con un mismo hilo conductor: cómo se piensa, se comunica y se cuenta la investigación desde la discapacidad. El primero, “Conceptualizando la discapacidad”, a cargo de la Dra. Andrea García-Santesmases (UNED) y la Dra. Laura Sanmiquel, planteó un cambio de foco: dejar de estudiar a las personas con discapacidad para estudiar el capacitismo, el sistema que decide qué cuerpos se consideran capaces y cuáles no. “Igual que los estudios de género no deberían ser estudios sobre mujeres, sino sobre el género como un sistema de poder”, argumentó García-Santesmases. Del concepto se pasó a la divulgación. La Dra. Mari Carmen Suárez de Figueroa (Universidad Politécnica de Madrid) mostró cómo la lectura fácil, apoyada en una herramienta de IA y validada por personas con discapacidad cognitiva, permite que la ciencia llegue a toda la ciudadanía. Y de la divulgación, a la propia voz e imagen. Rosa María Teixidor y Khadija Ftah, fundadoras de la Asociación Científica HIT – Humanidad, Innovación y Tecnología, cuestionaron los modelos rígidos de oratoria: “La técnica tiene que adaptarse a las personas, no las personas a la técnica”, y compartieron claves para no perder el control del propio relato ante los medios. La primera es preguntarse, antes de cada entrevista, si nos invitan por lo que sabemos o por lo que nos ha pasado, porque “no siempre podemos elegir la pregunta, pero sí podemos prepararnos la respuesta”. El cuarto taller, “Manual de supervivencia en la academia”, del Dr. José Antonio Rueda Monroy, cerró el recorrido aportando las herramientas legales para exigir ajustes razonables y apoyos.

Sin evidencia no hay universidad diversa y representativa

En la clausura, el congreso conectó Madrid con Colombia. María Isabel Pinzón Ochoa, coordinadora de la Red Colombiana de Instituciones de Educación Superior para la Discapacidad, que agrupa a más de 120 universidades, recordó que en su país solo 17 de cada 100 personas con discapacidad acceden a la educación superior. Rossana Cuervo Botero (Fundación Saldarriaga Concha y Red CIESD) señaló el eslabón más débil, la investigación: “Hacemos muchas acciones sin evidencia; ni siquiera sabemos si funciona o no”.

En formato híbrido, con interpretación español-inglés y en lengua de signos española, subtitulado en directo en múltiples idiomas y voluntariado de apoyo, CIDID 2026 reunió a 440 personas investigadoras y acogió 19 mesas temáticas, en las que 230 personas autoras presentaron 141 comunicaciones (40 presenciales y 101 en línea). Las propuestas llegaron de una veintena de países de diferentes continentes. India y España encabezaron la participación, seguidas de Chile, Colombia, Argentina, Perú, Ecuador y Uruguay, y hubo también contribuciones desde Reino Unido, Honduras, Portugal, México, Estados Unidos, Bulgaria, Cuba, Países Bajos, Guatemala, Andorra, Brasil y Costa Rica. La dirección cerró el encuentro con el compromiso de dar continuidad al congreso y convertirlo en una red internacional replicable en otros países: “Esta es la primera de muchas”.